“Y tú conmigo, Harry. ¿Te parece bien?” dijo Hagrid, que parec´ıa un poco ansioso.
“Iremos en la moto, las escobas y los thestrals no pueden con mi peso, ya ves. No hay mucho espacio en el asiento conmigo, as´ı que tendrás que ir en el sidecar.”
“Genial,” dijo Harry, no muy sinceramente.
“Creemos que los mortifagos esperará que vayas en escoba,” dijo Moody, que pareció suponer lo que Harry estaba sintiendo. “Snape ha tenido tiempo suficiente para contarles de ti lo que nunca antes ha mencionado, as´ı que si topamos con algún mortifago, apostamos a que escogerá al Potter que parecezca a gusto en la escoba. Todo bien entonces,” siguió, atando el saco con la ropa de los falsos Potters y abriendo camino hacia la puerta. “Faltan tres minutos hasta la hora en la que se supone que debemos salir.
No servirá de nada cerrar la puerta trasera, no mantendrá fuera a los mortifagos cuando vengan. Vamos...”
Harry se apresuró a reunir su mochila, su Saeta de Fuego y la jaula de Hedwig y CAPÍTULO 4. LOS SIETE POTTERS
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siguió al grupo hacia el oscuro jard´ın trasero.
Por todas partes palos de escobas saltaban a las manos; Hermione estaba ya siendo ayudada por Kingsley a subir a un gran thestral, Fleur a otro por Bill. Hagrid estaba listo y de pie junto a la motocicleta, con los guantes puestos.
“¿Es esta? ¿La moto de Sirius?”
“La mism´ısima,” dijo Hagrid, sonriendo a Harry. “¡Y la última vez que montaste en ella, Harry, me cab´ıas en una mano!”
Harry no pudo evitar sentirse un poco humillado al meterse en el sidecar. Eso lo colocaba a varios pies más abajo que todos los demás. Ron sonrió burlonamente al verle sentado all´ı como un ni˜no en un cochecito de bebé. Harry colocó su mochila y escoba entre los pies y se encajó la jaula de Hedwing entre las rodillas. Estaba extremadamente incómodo.
“Arthur le ha hecho unos peque˜nos arreglos,” dijo Hagrid, totalmente ignorante de la incomodidad de Harry. Se colocó a horcajadas sobre la motocicleta, que crujió ligeramente y se hundió unos cent´ımetros en el suelo. “Ahora tiene unos cuantos ases en la manga. Eso fue idea m´ıa.” Se˜naló con un dedo grueso a un botón púrpura cerca del cuentakilómetros.
“Por favor ten cuidado, Hagrid,” dijo el Se˜nor Weasley, que estaba de pie junto a ellos, sujentando su escoba. “Todav´ıa no estoy seguro de que sea aconsejable e indudablemente solo para usar en caso de emergencia.”
“Bien entonces,” dijo Moody. “Todo el mundo preparado, por favor. Quiero que todos salgamos exactamente al mismo tiempo o el efecto de la diversión se perderá.”
Todo el mundo sacudió la cabeza.
“Agárrate fuerte, Ron,” dijo Tonks y Harry vio como Ron lanzaba una mirada forzada y culpable a Lupin antes de colocar las manos a cada lado de la cintura de Tonks. Hagrid pateó volviendo la motocicleta a la vida. Esta rugió como un dragón, y el sidecar empezó a vibrar.
“Buena suerte a todos,” gritó Moody. “Nos veremos más o menos en una hora en la Madriguera. A la de tres. Uno... dos... TRES.”
Hubo un gran rugido proviniente de la motocicleta, y Harry sintió como el sidecar daba una bandazo. Se estaba alzando en el aire con rapidez, sus ojos lagrimeaban ligeramente, el pero azotado hacia atrás de su cara. Alrededor de él las escobas alzaban también el vuelo; la larga cola de un thestral pasó a su lado. Sus piernas, atoradas en el sidecar por la jaula de Hedwig y su mochilla, ya estaban magulladas y empezaban a entumecerse. Tan grande era su incomodidad que casi olvidó echar un vistazo al número cuatro de Privet Drive. Para cuando miró por el borde del sidecar ya no pod´ıa decir cual de ellas era.
Y entonces, salidos de ninguna parte, de la nada, les rodearon. Al menos treinta figuras encapuchadas, suspendidas en medio del aire, formando un gran c´ırculo en el medio del que los miembros de la Orden hab´ıa alzado el bueno, ignorantes.
Gritos, una llamarada de luz verde por cada lado. Hagrid soltó un grito y la motocicleta se dio la vuelta. Harry perdió cualquier noción de donde estaban. Farolas sobre él, gritos a su alrededor, se estaba aferrando al sidecar por su vida. La jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego, y su mochila resbalaban de sus rodillas.
“No... ¡AYUDA!”
La escoba se le escapó, pero se las acababa de arreglar para agarrar la correa de su CAPÍTULO 4. LOS SIETE POTTERS
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mochila y la parte de arriba de la jaula cuando la motocicleta se puso derecha otra vez.
Un segundo de alivio, y después otra explosión de luz verde. La lechuza chilló y cayó al suelo de su jaula.
“No... ¡NO!”
La motocicleta avanzaba zumbando; Harry captó vistazo de mortifagos apartándose mientras Hagrid atravesaba su c´ırculo.
“Hedwig... Hedwig...”
Pero la lechuza yac´ıa inmóvil y patética como un juguete en el suelo de su jaula. No pod´ıa creérselo, y su terror por los otros fue supremo. Miró sobre su hombro y vio una masa de gente moviéndose, destellos de luz verde, dos parejas en escobas se perd´ıan en la distancia, pero no pod´ıa decir quienes eran...
“Hagrid, tenemos que volver, ¡tenemos que volver!” gritó sobre el atronador rugido del motor, sacando su varita, dejó la jaula de Hedwig en el suelo, negándose a creer que estuviera muerta. “¡Hagrid, DA LA VUELTA!”
“¡Mi trabajo es mantenerte a salvo, Harry!” bramó Hagrid, y apretó el acelerador.
“¡Para... PARA!” gritó Harry, pero cuando volvió a mirar atrás dos disparos de luz verde pasaron junto a su oreja izquierda. Cuatro mortifagos se hab´ıan separado del c´ırculo y estaban persiguiéndoles, apuntando a la amplia espalda de Hagrid. Hagrid viró, pero los mortifagos manten´ıan el paso a la moto; más maldiciones fueron lanzadas tras ellos.
Retorciéndose para darse la vuelta gritó. ’¡Desmaniun! ’y un rayo de luz rojo salió disparado de su varita, abriendo una brecha entre los cuatro mortifagos perseguidores que se dispersaron para evitarlo.
“¡Agárrate, Harry, esto los despistará!” rugió Hagrid, y Harry levantó la mirada justo a tiempo para ver como Hagrid estampaba un dedo grueso en un botón verde cerca de la válvula del combustible. Una pared, una negra pared sólida, hizo erupción desde el tubo de escape. Estirando el cuello, Harry vio como se expand´ıa quedando en medio del aire. Tres de los mortifagos viraron y la evitaron, pero el cuarto no tuvo tanta suerte. Se perdió de vista y después cayó como una piedra de detrás de la pared, con la escoba rota en pedazos. Uno de sus compa˜neros se quedó atrás para salvarte, pero ellos y la pared fueron tragados por la oscuridad cuando Hagrid se inclinó sobre el manillar y aceleró.
Más Maldiciones Imperdonables pasaron volando junto a la cabeza de Harry salidas de las varitas de los dos mortifagos que quedaban; estaban apuntando a Hagrid. Harry respondió con más Hechizos Aturdidores. Rojo y verde colisionaron en medio del aire con una lluvia de chispas, y Harry pensó salvajemente en fuegos artificiales, y en los muggles de abajo que no tendr´ıan ni idea de qué estaba ocurriendo...
“¡Allá vamos de nuevo, Harry, sujétate!” chilló Hagrid, y apretó un segundo botón.
Esta vez una gran red surgió del tubo de escape, pero los motifagos ya estaban preparados para ello. No solo la esquivaron, sino que el compa˜nero que se hab´ıa retrasado para salvar a su amigo inconsciente les hab´ıa alcanzado. Surgió repentinamente de la oscuridad y ahora eran tres los que persegu´ıan a la motocicleta, todos lanzando maldiciones.
“¡Esto funcionará, Harry, agárrate fuerte!” chilló Hagrid, y Harry le vio golpear con la mano entera el botón púrpura junto al cuentakilómetros.
Con un inconfundible bramido, fuego de dragón explotó del tubo de escape, ardiente blanco y azul, y la motocicleta salió disparada hacia adelante como una bala con un sonido de metal que se retorc´ıa. Harry vio a los mortifagos amargar y perdese de vista para evitar el rastro mort´ıfero de llamas, y al mismo tiempo sintió como el sidecar se CAPÍTULO 4. LOS SIETE POTTERS
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balanceaba amenazadoramente. Sus conexiones de metal con la moto se hab´ıan astillado con la fuerza de la aceleración.
“¡Todo va bien, Harry!” bramó Hagrid, ahora estirado hacia atrás por la fuerza de la velocidad; nadie conduc´ıa ya, y el sidecar estaba empezando a retrocerse violentamente con la fuerza del viento de aceleración.
“¡Estoy en ello, Harry, no te preocupes!” chilló Hagrid, y del bolsillo interior de su chaqueta sacó su florido paraguas rosa.
“¡Hagrid! ¡No! ¡Déjame a m´ı!”
“¡Reparo! ”
Se oyó un golpe sordo y el sidecar se separó completamente de la moto. Harry sa-lió despedido hacia adelante, propulsado por el ´ımpetu del vuelo de la moto, después el sidecar empezó a perder altura...
Desesperado Harry apuntó su varita hacia el sidecar y gritó, “¡Wingardium Leviosa! ”
El sidecar se levantó como un corcho, sin timón pero al menos todav´ıa aerotransporta-do. No hab´ıa tenido más que un segundo de alivio, sin embargo, cuando más maldiciones pasaron a su lado. Los tres mortifagos se estaban acercando.
“¡Ya voy, Harry!” gritó Hagrid desde la oscuridad, pero Harry pod´ıa sentir como el sidecar empezaba a hundirse de nuevo. Agachándose tanto como pudo, apuntó en medio de la figuras que se acercaban y gritó. “¡Impedimenta! ”
El maleficio golpeó en medio del pecho de un mortifago. Por un momento el hombre quedo rid´ıculamente estirado en medio del aire como si hubiera golpeado una barrera invisible. Uno de sus compa˜neros casi colisionó con él...
Entonces el sidecar empezó a caer fervorosamente, y los mortifagos que quedaban dispararon una maldición tan cerca que Harry tuvo que agacharse por debajo del borde del coche, golpeándose un diente en el borde de su asiento...
“¡Ya llego, Harry, ya llego!”
Una mano enorme agarró la espalda de la túnica de Harry y le sacó del sidecar que ca´ıa en picado; Harry aferró su mochila mientras se colgaba del asiento de la moto y se encontró espalda con espalda con Hagrid. Mientras remontaban el vuelo, alejándose de los dos mortifagos que quedaban, Harry escupió sangre por la boca, apuntó su varita hacia el sidecar que ca´ıa, y gritó, ’¡Confringo! ’
Sintió un retortijón atroz del intestino por Hedwig cuando este explotó; el mortifago más cercano salió despedido de su escoba y cayó fuera de la vista; su compa˜nero cayó hacia atrás y se desvaneció.
“Harry, lo siento, lo siento,” gimió Hagrid. “No deber´ıa haber intentado repararlo yo mismo... no hab´ıa espacio...”
“¡No hay problema, solo sigue volando!” gritó Harry en respuesta, cuando dos mortifagos más emergieron de la oscuridad, acercándose.
Cuando las maldiciones llegaron atravesando velozmente el espacio intermedio, Hagrid hizo un viraje y zigzagueó. Harry sab´ıa que Hagrid no se atrev´ıa a utilizar el botón de fuego de dragón de nuevo, con Harry tan inseguramente sentado. Harry envió un Encantamiento Desmaniun tras otro hacia sus perseguidores, apenas conteniéndoles. Lanzó otra maldición contenedora hacia ellos. El mortifago más cercano viró para evitarla y se le resbaló la capucha, y a la luz roja de su siguiente Encantamiento Aturdidor, Harry vio la cara CAPÍTULO 4. LOS SIETE POTTERS
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extra˜namente en blanco de Stanley Shunpike... Stan. “¡Expelliarmus! ” gritó Harry.
“¡Es él, es él, es el auténtico!”
El grito del mortifago encapuchado alcanzó a Harry incluso por encima del tronar del motor de la motocicleta. Al momento siguiente, ambos perseguidores se hab´ıan quedado atrás y desaparecido de la vista.
“¿Harry, qué ha pasado?” gritó Hagrid. “¿dónde han ido?”
“¡No lo sé!”
Pero Harry ten´ıa miedo. El mortifago encapuchado hab´ıa gritado ”¡Es el auténtico!”,
¿cómo lo hab´ıa sabido? Miró alrededor hacia la oscuridad aparentemente vac´ıa y sintió la amenaza. ¿Dónde estaban?
Se dio la vuelta en el asiento para mirar hacia adelante y tensó el apretón sobre la espalda de la chaqueta de Hagrid.
“¡Hagrid, haz de nuevo la cosa esa del fuego de dragon, salgamos de aqu´ı!”
“¡Entonces agárrate fuerte, Harry!”
De nuevo el rugido repentino y estridente y el fuego blanco azulado salió disparado del tubo de escape. Hagrid fue lanzado hacia atrás sobre él, apenas manteniendo su agarre sobre el manillar.
“Creo que los hemos perdido, Harry, ¡creo que lo hemos conseguido!” gritó Hagrid.
Pero Harry no estaba convencido. El miedo le asaltó mientras miraba a derecha e izquierda buscando a los perseguidores que estaba seguro que vendr´ıan... ¿Por qué se hab´ıan quedado atrás? Uno de ellos todav´ıa ten´ıa una varita... Es él... es el auténtico...
Lo hab´ıan dicho justo después de que hubiera intentando desarmar a Stan...
“¡Ya casi estamos, Harry, casi lo hemos conseguido!” gritó Hagrid.
Harry sintió la moto descender un poco, aunque las luces del suelo todav´ıa parec´ıan estrellas distantes.
Entonces la cicatriz de su frente ardió como fuego, mientras un mortifago aparec´ıa a cada lado de la moto, dos Maldiciones Imperdonables fallaron a Harry por mil´ımetros, lanzadas desde atrás.
Y entonces Harry le vio. Voldemort estaba volando como humo en el viento, sin escoba o thestral que le sujetara, su cara de serpiente brillaba en la oscuridad, sus dedos alzaron de nuevo su varita...
Hagrid dejó escapar un bramido de miedo y dirigió la motocicleta a un picado vertical.
Aferrándose por su propia vida, Harry lanzaba Encantamientos Aturdidores al azar en la vertiginosa noche. Vio a un chico pasar volando junto a él y supo que hab´ıa sido alcanzado por uno de ellos, pero después oyó un golpe y vio chispas en el motor; la moto atravesaba el aire girando en espiral, completamente fuera de control.
Destellos de luz pasaron de nuevo junto a ellos. Harry no ten´ıa ni idea de qué era arriba y qué abajo. Su cicatriz todav´ıa ard´ıa, esperaba morir en cualquier momento. Una figura encapuchada sobre una escopa estaba a cent´ımetros de él, le vio alzar un brazo.
“¡NO¡”
Con un grito de furia Hagrid se lanzó fuera de la moto hacia el motifago; para su horror, Harry voy como ambos ca´ıan perdiéndose de vista, su peso combinado era demasiado para la escoba.
CAPÍTULO 4. LOS SIETE POTTERS
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A duras penas aferrándose con las rodillas a la moto que ca´ıa en picado, Harry oyó a Voldemort gritar. “¡Es m´ıo! ”
Se hab´ıa acabado. No pod´ıa ver donde estaba Voldemort; vislumbró a otro mortifago apartándose y oyó. “Avada...”
Cuando el dolor de la cicatriz de Harry le obligó a cerrar los ojos, su varita actuó por su propia cuenta. La sintió arrastrar su mano como un gran iman, vio un fogonazo de fuego dorado a través de los párpados entrecerrados, oyó un crujido y un grito de furia. El mortifago que quedaba chilló; Voldemort gritó, “¡NO! ” De algún modo, Harry encontró su nariz a un centimetro del botón de fuego de dragón. Lo apretó con la mano libre de la varita y la moto disparó más llamas al aire, cayendo directamente hacia el suelo.
“¡Hagrid!” llamó Harry, sujetándose a la moto por su vida. “Hagrid... ¡Accio Hagrid! ”
La moto aceleró, succionada hacia el suelo. Con la cara al nivel del manillar, Harry no pod´ıa ver nada excepto las lejanas luces acercándose más y más. Iba a estrellarse y no hab´ıa nada que pudiera hacer al respecto. Tras él llegó otro grito. “¡Tu varita, Selwyn, dáme tu varita! ”
Sintió a Voldemort antes de verle. Mirando de reojo, encontró la mirada de los ojos rojos y estuvo seguro de que ser´ıan la última cosa que ver´ıa: Voldemort preparándose para maldecirle una vez más.
Y entonces Voldemort se desvaneció. Harry miró abajo y vio a Hagrid despatarrado sobre el suelo bajo él. Tiró con fuerza del manillar para evitar golpearle, buscó a tientas el freno, pero con un choque ensordecedor que hizo temblar la tierra, se estrelló contra un estanque enlodado.
Cap´ıtulo 5
Guerrero Caido
“¿Hagrid?”
Harry luchaba por levantarse de los restos de metal y cuero que le rodeaban; sus manos se hundieron en unos cent´ımetros de agua lodosa cuando intentó sostenese. No pod´ıa entender por qué Voldemort se hab´ıa marchado y esperaba que surgiera de la oscuridad en cualquier momento. Algo caliente y húmedo goteaba por su barbilla y desde la frente.
Salió gateando del estanque y se tambaleó hacia la gran masa oscura, en el suelo, que era Hagrid.
“¿Hagrid? Hagrid, háblame...”
Pero la masa oscura no se mov´ıa.